
La canasta de papiro
La Biblia, el libro de Éxodo, capítulos 1 y 2
El faraón, por su parte, dio esta orden a todo su pueblo: «!Tiren al río a todos los niños hebreos que nazcan! A las niñas, déjenlas con vida».
Pasó mucho tiempo desde que Jacob y sus hijos se mudaron a Egipto, donde vivía José. Ahora ya no eran una familia. Se habían convertido en un gran pueblo, una nación de Israel. Los egipcios se olvidaron de José y de su ayuda en el pasado. Un faraón reemplazó a otro y el pueblo de Egipto pensó que estaban en peligro por culpa de estos extranjeros. Por eso el nuevo faraón convirtió a los israelitas en esclavos y les hizo la vida muy dura con arduos trabajos. Se vieron obligados a fabricar ladrillos de arcilla y paja. El faraón nombró capataces sobre los israelitas para oprimirlos con trabajos forzados. Si no conseguían hacer la cantidad de ladrillos que debían, los oficiales los golpeaban cruelmente.
Por más de que los egipcios trataban de humillar al pueblo de Israel, la nación seguía multiplicándose y fortaleciéndose cada año. Debido a esto, al faraón se le ocurrió un plan malvado: matar a todos los niños israelitas inmediatamente después de nacer.
Pero había una piadosa mujer hebrea que tenía un bebé. La madre sabía que Dios era el único que podía salvar a su hijo, por lo que le oró diligentemente. Escondió al niño de los egipcios durante mucho tiempo. Pero cuando el bebé cumplió tres meses, se dio cuenta de que no podía seguir escondiéndolo.
La hermana del niño, Miriam, ayudó a su madre a meterlo en una canasta tejida de papiro. Era impermeable porque por dentro la habían recubierto con asfalto y brea. Tomaron la canasta y bajaron al río Nilo.
Pusieron la canasta entre los juncos, cerca de la orilla del río. La corriente no podía sacarla de allí y la canasta quedó a salvo. Miriam se escondió cerca para vigilar la canasta y pronto vio a unas mujeres que se dirigían al río. Una joven bien vestida caminaba delante de todas las demás. Era la hija del faraón. Y las demás parecían ser sus sirvientas. Parecía que la hija del faraón iba a nadar al río. Se metió lentamente en el agua. El corazón de Miriam latía aceleradamente mientras veía a la princesa acercarse cada vez más al lugar donde estaba la canasta con su hermano. Y luego la princesa detuvo la canasta.
—¿Qué es eso?—exclamó la princesa.
Ordenó a su sirvienta que sacara la canasta del agua y abriera la tapa.
—Debe ser un hijo de los israelitas. Al parecer, la madre del bebé quería esconderlo de los oficiales de mi padre—dijo la hija del faraón a sus acompañantes.
—Entonces ¿qué debemos hacer ahora con él?— ellas preguntaron.
—¡No quiero que este bebé muera! dijo la princesa.
Miriam se acercó cautelosamente y la joven la vio,
—¿De dónde vienes?—preguntó la hija del faraón.
Miriam tartamudeó:
—¿Yo? Sólo estaba jugando. ¿Quiere que llame a una mujer que pueda amamantar al bebé?
La hija del faraón estuvo de acuerdo y Miriam corrió a casa. Tan pronto como recuperó el aliento, le contó todo a su madre.
—¡El Señor ha escuchado nuestra oración!—dijo la madre, radiante de alegría.
Luego ambas se apresuraron a ir al río.
—Llévate a este niño a casa y cuídalo bien por mí—ordenó la princesa—. Te pagaré por ello. Y cuando el niño crezca, me lo traerás. Será mi hijo adoptivo.
La madre estaba muy feliz. Sin palabras, ella sólo podía asentir. La hija del faraón le dio un beso al bebé y le dijo: «¡Adiós, hijo mío!». Y volvió a su casa en su carro.
La madre y Miriam también lo besaron y dijeron:
—¡Bienvenido a casa!
El niño permaneció con su familia por unos pocos años. Le enseñaron a amar a Dios y a orarle. Cuando creció, su madre lo llevó al palacio del faraón. La princesa lo llamó Moisés. Ella se encargó de que le enseñaran mucho y lo criaran como un príncipe. Siempre que era posible, Moisés visitaba a sus padres, a su hermana Miriam y a su hermano Aarón. Pero lo que veía cuando salía del palacio y caminaba entre las aldeas israelitas le molestaba mucho.
—Los israelitas viven en la pobreza y el pueblo egipcio lo pasa bien. No es justo. El pueblo de Israel trabaja desde la mañana hasta la noche y sólo vive al día. Ni siquiera son dueños de sí mismos.
Un día Moisés vio a un hebreo que llevaba una carga pesada y a un egipcio que lo apresuraba con un látigo. Y entonces el hebreo cayó al suelo. El egipcio empezó a azotarlo para que se pusiera de pie. Moisés sintió que no podía quedarse ahí parado y observar tanta crueldad e injusticia por más tiempo. Echó un vistazo rápido a su alrededor para ver si alguien estaba mirando, corrió hacia ellos y mató al egipcio. Sólo cuando miró realmente el cadáver del egipcio, se dio cuenta de lo que había hecho.
Al día siguiente, Moisés vio a dos judíos peleando. Se acercó al hombre que estaba equivocado y le dijo: «¡Por favor, déjalo en paz! ¿Por qué le pegas a tu hermano?».
Él respondió: «¿Qué te importa? ¿Estás pensando en matarme como mataste ayer al egipcio?».
Moisés se puso palido de miedo y pensó: «¿Cómo ha llegado a saberse esto tan rápidamente? Si el faraón se entera de que maté a un egipcio, me condenará a muerte. ¡Tengo que huir!».
Nunca más volvió al palacio. Al enterarse del asesinato, el faraón decidió matar a Moisés y dio la orden de capturarlo.
Moisés estaba asustado, molesto e infeliz consigo mismo. Tuvo que esconderse de sus perseguidores. Siguió alejándose cada vez más de Egipto hasta llegar a la tierra de Madián. Era una tierra rocosa con arena y rocas esparcidas por todas partes. Moisés se alegró cuando logró encontrar un pozo. Acababa de saciar su sed cuando unas jóvenes se acercaron al pozo para darles de beber a sus ovejas. Moisés las ayudó y las jóvenes le pidieron que las acompañara a comer como expresión de su gratitud.
Las siete jóvenes eran hijas de un hombre llamado Jetro.
Jetro necesitaba un joven fuerte ya que no tenía hijos, y como Moisés no tenía un destino específico ni un lugar donde quedarse, Jetro le sugirió que se quedara en su casa. Moisés estuvo de acuerdo y así fue como cambió el lujo del palacio del faraón por una tienda de campaña en Madián.
Pronto se casó con la hija mayor de Jetro, Séfora, y tuvieron un hijo. Moisés cuidaba las ovejas de su suegro y empezó a olvidarse de Egipto. Incluso dejó de pensar en su pueblo, en la gente de su nación.
Pero Dios no se olvidó de los israelitas. Los vio sufrir, escuchó sus oraciones y decidió ayudarlos. Por eso llamó a Moisés.
Preguntas para conversar
4 preguntas¿Por qué el faraón hizo que los israelitas trabajaran tan duro?
¿Qué planeó hacer el faraón para destruir al pueblo de Israel?
¿Qué hizo la madre de Moisés con él?
¿Qué le enseñó la madre de Moisés mientras vivía en la casa de sus padres?