José se reencuentra con sus hermanos

José se reencuentra con sus hermanos

La Biblia, el libro de Génesis, capítulos 42, 43, 44.

José era el gobernador del país y el que vendía trigo a todo el mundo. Cuando sus hermanos llegaron, se postraron rostro en tierra ante él.

Durante los siguientes siete años, el pueblo de Egipto tuvo una cosecha abundante. Pero entonces comenzaron los siete años de hambruna. El hambre era severa en toda la tierra de Egipto y el pueblo acudió al faraón para pedirle comida: «¡No tenemos nada que comer! Nos morimos de hambre».

Entonces el faraón dijo: —Vayan a ver a José y él les ayudará.

El pueblo de Egipto vino a José y él comenzó a venderles grano de los graneros. Gente de todas las tierras vecinas venía a comprar alimentos en Egipto. Trajeron bolsas llenas de plata para pagar la comida. José aceptó el dinero y a cambio llenó sus costales con grano. Había tanto grano en los graneros egipcios que José podía venderlo a todos los necesitados.

En aquel tiempo había hambre en la tierra de Canaán donde vivía Jacob y su familia. Cuando Jacob supo que había comida en Egipto, envió allí a sus hijos. Después de un viaje largo y agotador, finalmente llegaron a la corte del faraón. Allí fueron llevados ante un hombre muy especial.

La sola mirada de este hombre provocaba miedo y respeto. ¡Qué hermosa túnica llevaba! Rubén, el hermano mayor, pensó: «Debe ser el gobernador del faraón, el segundo al mando de todo el país de Egipto». Pero él no reconoció que era su hermano José. Los hermanos se postraron rostro en tierra ante él en señal de respeto.

—¡Por favor, mi señor, véndanos algo de grano! ¡Pagaremos bien por ello!

Pero José reconoció a sus hermanos. Después de dudar un poco, se dijo a sí mismo: «Déjame ver si el corazón de mis hermanos ha cambiado. ¿Recuerdan su maldad? ¿Se arrepienten de haberlo cometido?». Les habló con dureza:

—¡Deben ser espías! ¡Han venido a espiar esta tierra y luego atacarnos!

—¡No, no!— los hermanos suplicaron desesperados, inclinándose aún más ante él.

Y en ese mismo momento José recordó el sueño que había tenido hace mucho tiempo: las gavillas de sus hermanos se habían inclinado ante su gavilla.

Rubén se armó de valor y dijo:

—Todos somos hijos de un solo hombre. Éramos doce. Uno se ha ido y el más pequeño se ha quedado en casa.

—Está bien—dijo José—, pero quiero asegurarme de que no me están mintiendo. Haré que uno de ustedes permanezca bajo custodia. El resto de ustedes vayan a llevar la comida a sus familias y luego tráiganme a su hermano menor. Si él viene, podrán comprar más comida y luego volver a casa. Pero si no vuelven a mí, significará que me han dicho mentiras y que todos son espías.

Entonces regresaron a casa cargando bolsas llenas de grano, pero uno de los hermanos, Simeón, se quedó bajo custodia en Egipto.

Cuando los hijos regresaron a su padre, le contaron todo lo que les había sucedido. Jacob se negó a dejar ir a su hijo menor, Benjamín, porque tenía miedo de perderlo como pensaba que había perdido a José.

Unos meses más tarde, se quedaron sin comida y Jacob aceptó que Benjamín fuera con sus hermanos. Judá prometió cuidar de Benjamín y devolverlo a casa sano y salvo.

Tan pronto como llegaron a la gran ciudad egipcia, se los llevaron a la casa del gobernador. Esto alarmó mucho a los hermanos. Pero fue aún más sorprendente para ellos que los llevaran a un gran salón en donde les habían preparado un banquete. De entre todas las personas, ¿por qué el gobernador los había invitado a comer a ellos? Cada uno de ellos estaba sentado por orden de edad. ¿Cómo era posible que los egipcios hubieran podido calcular su edad? Durante la fiesta, el gobernador habló con ellos a través de un intérprete porque quería saber más sobre su familia.

Al otro día tenían que preparar la caravana para su viaje de regreso. Simeón fue devuelto a sus hermanos y sus costales estaban llenos de grano. ¡Qué feliz estaría su padre al darles la bienvenida de regreso a casa!

Pero antes de que fueran demasiado lejos, un grupo de jinetes armados los alcanzó y los detuvo:

—¿Por qué se han llevado algo que le pertenece al gobernador?—gritó el líder de los jinetes—. ¡Los invitó a comer y se atrevieron a llevarse una copa de plata!

—¡Pero mi señor, nunca le robaríamos! Rubén defendió a sus hermanos. ¡Busque en nuestras bolsas! Si encuentra la copa en nuestros costales, todos seremos esclavos de su señor, y el que tenga la copa morirá.

Cuando abrieron sus costales, ¡la copa se cayó del costal de Benjamín! ¿Cómo iban a saber que el mismo José había ordenado que se pusiera la copa en el costal de Benjamín? José quería probar a sus hermanos una vez más.

Regresaron aterrorizados al palacio del faraón. José dio órdenes de que Benjamín permaneciera en Egipto como esclavo. Fue entonces cuando Judá se armó de valor y dijo:

—¡Mi señor, apelo a usted! Le garanticé a mi padre que su hijo menor estaría a salvo. Nuestro padre morirá si Benjamín no regresa a casa. Ahora se lo ruego, déjelo ir y hágame esclavo en lugar de él.

Ahora José sabía con certeza que el crimen que sus hermanos habían cometido contra él se había convertido en una lección para ellos. En lugar de vender a su hermano como esclavo, como lo habían hecho antes, ahora estaban dispuestos a convertirse en esclavos para salvar a un hermano. Ya no eran las mismas personas porque Dios había cambiado sus corazones. Para sorpresa de sus hermanos, José de repente comenzó a llorar.

Después de calmarse un poco, les dijo:

—¡Yo soy su hermano José!

Los once hermanos lo miraron boquiabiertos como si nunca antes lo hubieran visto. Este hombre poderoso que tenía el control de casi toda la tierra de Egipto era el José del que habían estado celosos porque su padre lo amaba más que a ellos, el José que habían vendido como esclavo.

—No tengan miedo—dijo José—. No se los voy a reprochar. Ahora veo claramente que Dios me envió a Egipto para evitar que ustedes y muchos otros mueran de hambre. De lo contrario, hubiéramos muerto a causa de esta calamidad. Han pasado dos años desde que comenzó la sequía y aún quedan cinco años más. Desde la primera vez que vinieron a mí, he comprendido que todo esto era el plan de Dios.

Los hermanos quedaron asombrados. No podían creer que su hermano, ahora tan poderoso, no fuera a vengarse por todo el daño que le habían hecho.

Pero José abrió los brazos y exclamó:

—¡Benjamín! ¿No me reconoces? ¡Yo soy tu hermano José!

Y entonces Benjamín corrió hacia él, se abrazaron y lloraron de alegría. Fue como si hubiera caído una barrera. Un hermano tras otro abrazó a José. No podían creer que lo que les estaba pasando fuera real. Cada hermano tuvo una larga conversación con José, ¡porque todos tenían mucho de qué hablar para ponerse al día!

Al enterarse de la visita de los hermanos de José, el faraón envió a buscar a José:

—Diles a tus hermanos que pueden traer a su padre y a sus familias a Egipto y vivir allí hasta que pase la sequía. Les daré carros para que traigan a sus familias de Canaán. ¡Que no se preocupen por las propiedades que probablemente tendrán que dejar, porque yo les daré todo lo que necesiten!

José se inclinó ante el faraón:

—Es usted muy amable conmigo, mi señor. ¡Oír es obedecer!

Al día siguiente, los hermanos partieron hacia Canaán para traer a Jacob, a sus familias y el ganado a Egipto. José se quedó parado despidiéndose y observándolos mientras veía como Benjamín y los demás se alejaban.

Preguntas para conversar

3 preguntas
  1. ¿Cómo se hizo realidad el sueño de José sobre las gavillas en el campo?

  2. ¿Por qué se asustaron los hermanos cuando se encontró la copa de plata en sus bolsas?

  3. ¿Por qué Jacob se negó a dejar ir a Benjamín a Egipto con sus hermanos?

17. José se reencuentra con sus hermanos00:00 / 09:08