El horno ardiente

El horno ardiente

La Biblia, el libro de Daniel, capítulo 3

"Sadrac, Mesac y Abednego respondieron:

—Rey Nabucodonosor... el Dios al que servimos puede librarnos del horno y de las manos de Su Majestad."

Muy pronto, el rey Nabucodonosor olvidó que el Dios de Daniel era el único Dios verdadero. Mandó a construir una estatua de oro para que la gente la adorara. Un gran evento fue programado y muchas personas fueron invitadas, incluyendo a los amigos de Daniel. Se anunció que todos debían postrarse y adorar la estatua cuando comenzara la música, y que quien no obedeciera sería arrojado a un horno ardiente.

Comenzó la celebración, empezó la música, todos se arrodillaron y adoraron la estatua de oro. Todos menos los tres jóvenes judíos. Los sirvientes le informaron al rey. Nabucodonosor estaba furioso. Mandó llamar a los jóvenes y les dio a elegir:

—¡Ahora, o se postran y adoran la estatua o serán arrojados a un horno ardiente! Y entonces ¿qué dios podrá rescatarlos de mi mano?

Pero Sadrac, Mesac y Abednego le dijeron al rey:

—El Dios a quien servimos puede salvarnos del horno y también de su mano. Pero aunque no quiera salvarnos, no serviremos a sus dioses ni adoraremos la estatua de oro que usted ha construido.

En respuesta, Nabucodonosor ordenó que el horno se calentara siete veces más de lo habitual. Luego ordenó a algunos de los soldados más fuertes de su ejército que ataran a los jóvenes y los arrojaran al horno ardiente. El horno estaba tan caliente que las llamas del fuego mataron a los soldados que condujeron a Sadrac, Mesac y Abednego a la puerta del horno. Así que los tres jóvenes, atados, fueron arrojados al horno ardiente. El rey estaba observándolos y, para su gran sorpresa y temor, vio algo en el horno que no podía explicar. El rey se levantó rápidamente y preguntó a sus consejeros:

—¿No fueron tres los hombres que atamos y arrojamos al horno?

—¡Por supuesto!—dijeron.

—Pero puedo ver a cuatro hombres caminando en el fuego, ¡vivos y sin heridas! Y hay uno más, el cuarto, que parece el Hijo de Dios—murmuró Nabucodonosor.

Corrió hacia el horno y gritó:

—¡Sadrac, Mesac y Abednego, siervos del Dios Altísimo! ¡Salgan! ¡Vengan aquí!

Entonces los tres jóvenes salieron del fuego y se acercaron al rey. Los consejeros reales vieron que el fuego no había dañado ni un solo cabello de sus cabezas, ni sus vestiduras estaban chamuscadas, y no olían a quemado. Ese fue un verdadero milagro, ya que hasta los soldados más fuertes habían muerto sólo por acercarse a la entrada del horno.

Nabucodonosor tuvo que reconocer que el Dios al que adoraban los jóvenes judíos era todopoderoso. El rey declaró: «Alabado sea el Dios de Sadrac, Mesac y Abednego, que envió a Su ángel y rescató a Sus siervos que confiaron en Él. Estaban dispuestos a sacrificar sus vidas antes que servir o adorar a otro dios que no fuera su propio Dios».

Nabucodonosor le devolvió a los tres amigos sus títulos y privilegios para que recibieran muchos honores.

Preguntas para conversar

3 preguntas
  1. ¿Qué decreto promulgó el rey Nabucodonosor?

  2. ¿Por qué los amigos de Daniel no estuvieron de acuerdo en adorar la estatua de oro?

  3. ¿Cómo rescató Dios a los tres jóvenes? ¿Cuál fue la reacción de Nabucodonosor?

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